¿Como se le dice esto a un hombre ? de Poldy Bird
No importa lo grande que parezca, lo importante que sea, la investidura que tenga, el trabajo que realice, el proceso -más lento o más rápido- lo convertirá en tu hijo.
Puede llevarle un año, a lo sumo dos, si lucha con todas sus fuerzas para evitarlo.
Y lo peor es que nunca te darás cuenta en qué momento comenzó.
Porque no es algo repentino, sino una imperceptible sucesión de cambios pequeñitos y sutiles.
No se ve crecer una planta, por más que la miremos todo el tiempo, pero un día nos damos cuenta de que sus hojas se han multiplicado, que ya no es la misma y su transformación es irreversible.
Así pero al revés, pasa con él.
Se le van yendo las cosas.
Cada vez tiene menos para darte, menos que decirte.
Como si se despersonalizara, en vez de hablar de lo que siente, habla de lo que hace, de su trabajo, de sus logros, de lo mucho que le cuestan sus triunfos, de la culpabilidad de los demás con respecto a sus fracasos.
En vez de ofrecerte su pecho para que te ampares en él, su hombro para que te apoyes en él, su brazo fuerte para sujetarte, es el que busca tu pecho para que lo ampares, tu hombro para apoyarse, tu brazo para que lo sostengas.
Y vos, que pensabas que tenías un “compañero” solidario y entero, un hombre capaz de preservarte de todos los embates de la vida, decidido a timonear el barco a través de mares embravecidos o serenos, has tenido que convertirte en capitana de un navío demasiado grande para tus fuerzas.
Hay veces en que sentís que si cerrás los ojos por un momento, todo el mundo se desmoronará, como un castillo de naipes.
Hay veces que quisieras que él te hablara de vos, de lo que le gusta de vos todavía; si te extraña cuando no están juntos, si te nombra en sus conversaciones con otras personas, si sos una “presencia” o un fantasma en su existencia, o si solamente sos un puerto al que llega a la noche para que repares las averías de su nave y le cargues combustible para el viaje que emprenderá por la mañana.
Pero los puertos están quietos, están siempre en el mismo lugar.
Y vos habías soñado otras cosas: ir de un lado a otro con él, como una gitana, saberte amada y deseada, no solamente “necesitada”.
Ser, no solamente la fuente humeante que se lleva a la mesa, vital y utilitaria, sino esa florcita loca que perfuma atrevida en la solapa del serio saco gris.
Creo que no te importaría seguir cargando todas las responsabilidades de los dos, si él por lo menos te ofreciera el diáfano “recreo”, de vez en cuando, de una charla de aquéllas en la que ambos se quitaban el séptimo velo y mostraban la desnudez de sus sentimientos.
Pero ¿cómo se le dice a un hombre todo esto? ¿Cómo se habla con quien no escucha?
Tal vez si le das esta página, si le pedís “leela”, si la lee, si se ve en este espejo de palabras y se reconoce, tal vez si se atreve a ser sincero consigo mismo… comprenda, y crezca un poco, un poquitito, lo suficiente como para darse cuenta de que cuando decidieron compartir la vida y todos sus riesgos, él iba a ser tu “hombre” y vos ibas a ser ”su mujer”.
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