Dos vidas, dos valientes.

 

Dos vidas, dos valientes. Viví los ochenta en donde la vida era purpurina, peinados raros y música pop. En ese entonces conocí el valor de la amistad y el dolor. Vivía en una pequeña ciudad rodeada de cerros en Río  Negro, un sitio que se llama “Sierra Grande”.  Pequeño rincón protagonista y dominado por una mina de hierro llamada HIPASAM que llegó a tener la mina subterránea de hierro más grande de Latinoamérica. Durante la década del `90. En 1982 me toco vivir algunas anécdotas: La guerra de Malvinas.
Desde el 2 de abril hasta el 14 de junio la Argentina atravesó por uno de los hechos más tristes de su historia, la guerra de Malvinas, en el que murieron cientos de soldados.
El conflicto se produjo por una pelea con Gran Bretaña en donde se disputaban la soberanía sobre los archipiélagos australes. Después de 74 días de lucha, los ingleses ganaron la guerra y se adjudicaron el dominio de las islas.
Hasta el día de hoy, la Argentina sigue recordando y reclamando por memoria, justicia y por supuesto, por la soberanía de las islas.  Había unos chicos modernos y chics que una noche trajo mi padre a cenar a casa.   Papa trabajaba en el Escuadrón de Gendarmeria Nacional, en tareas vinculadas a la seguridad de la población y su labor lo vinculo a estos jóvenes soldados que invito a cenar a nuestro domicilio, en un sitio muy exclusivo. Eran mayores que yo. En casa se recibía a las visitas en familia, nos poníamos la mejor ropa y se servían los platos mas exquisitos. Siempre era una fiesta tener vínculos con personas foráneas que estaban de paso, como nosotros, que tampoco eramos nativos del lugar,  y era una forma de entablar lazos de amistad firmes que nos fortalecían. La cena consistió  en degustar productos regionales, como el cordero patagonico y papas al horno, postre y café. A mi me me toco hacer el postre que era mi especialidad y como teníamos vainillas con postre de chocolate y frutillas. En seguida improvise algo rico que nos deleito con un momento de dulzura. Los chicos llegaron de uniforme, porque para ellos no dejaba de ser un compromiso protocolar en la casa de una de las autoridades mas importantes del lugar. Esos chicos iban a la guerra…había en ellos una inconsciencia feroz y alegre, dada por la incredulidad y la juventud que todo lo encandilaba.  La cena era amena, chistosa y coloquial. Nos contaron de sus familias y la procedencia de sus respectivas familias. Estaban vestidos muy prolijos y aseados, con el típico corte de pelo militar. Bien rapado en la nuca para que el cabello no rosara la camisa. Después de diversas anécdotas, risas y una sobremesa exquisita se despidieron dejándonos como regalo sus boinas de combatientes. Prometiendo que a su regreso pasarían a cenar por casa a buscarlas y a disfrutar nuevamente de nuestra grata compañía. Vivimos la guerra como todos por televisión en blanco y negro y las noticias de la radio. A veces papa nos traía noticias mas frescas de los acontecimientos. Como todos, en ese momento, creíamos que íbamos ganado la guerra, no sospechábamos el final de nuestros amigos. Ellos nunca regresaron … en su lugar las boinas dieron vuelta por la casa,  en diferentes sitios y mudanzas. Dieron vuelta sin rumbo y sin dueño designado…sirvieron de recuerdo y de duelo. Tampoco recordamos sus nombres, y con el tiempo también se nos desdibujo la imagen de cada uno de ellos. Pero, en algún lugar esas gorras se quedaron,  se quedaron como ellos…anónimas y olvidadas. Esos jóvenes dieron la vida por nuestro país, lucharon por nuestra soberanía. Dos vidas, dos valientes…   

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