Coaching e Inteligencia Emocional en las Organizaciones

Por Claudia Lalloz.

La salud emocional como base de la salud organizacional

Competitividad, celos profesionales, stress, desvalorización, falta de reconocimiento, renuncias impredecibles, ausentismo pronunciado y enfermedades crónicas son algunos de los síntomas del analfabetismo emocional vigente en  algunas organizaciones, reflejos de las problemáticas de la sociedad de hoy.

Frente a esto, nos urge ser conscientes de la necesidad de cambio y aprender ciertas competencias emocionales que nos ayuden a transitar armoniosamente  nuestro entorno laboral.

¿Podemos liderar las emociones que nos asaltan cuando todo es para “ayer”, o cuando tras habernos quedado trabajando fuera de nuestro horario laboral no nos expresan el reconocimiento? ¿Qué hacer cuando merecíamos  ese ascenso y nunca apareció? ¿O cuando ya no tenemos más ganas de seguir estando allí? ¿Cómo hacerle frente a la competencia?  Éstos y otros  interrogantes aparecen como la música de fondo del mundo empresarial. Escucharlas durante mucho tiempo trae altos costos.

En el espacio de las organizaciones solemos decir que “Nada es más caro que el alto costo de la desinversión”. A veces pareciera que invertir en capacitaciones no tradicionales, no técnicas es innecesario, más aún en momentos de crisis como los que estamos viviendo hoy. Sin  embargo,  esto resulta paradójico.  Los costos de la desinversión son extremadamente altos para una organización. ¿Se imagina una empresa con empleados desmotivados, que faltan constantemente o se enferman todos los meses o a quienes les da lo mismo hacer o no hacer ya que les ronda todo el tiempo el fantasma del despido? Una organización inteligente no hace oídos sordos a estas cuestiones por el contrario, busca como abordarlas. Por ello, dentro de las capacitaciones empresariales de hoy en día  se hace imprescindible  la inteligencia emocional.

Un proceso de desaprendizaje

Aprender a liderar con inteligencia nuestras  emociones es, a su vez, un proceso de desaprendizaje, de des-educación. Comenzamos a liderar nuestra inteligencia emocional cuando logramos cuestionar aquellas rutinas defensivas con las que aprendimos a actuar.

Nos hemos manejado – quizá con éxito durante algún tiempo- con ciertos mandatos o imposiciones provenientes de nuestros padres, hijos, cónyuges, familiares, compañeros de trabajo, jefes, a quienes les hemos dado la  autoridad  para determinar e influir en nuestras emociones.

La propuesta de la educación de la inteligencia emocional radica básicamente en aprender a separar las emociones propias de las ajenas y a revisar cuáles fueron los motores que nos impulsaron a estar en el lugar que ocupamos hoy. Al revisar estas conductas pasadas, podemos reinterpretarlas y elegirlas nuevamente o desecharlas.

Esta reinterpretación conlleva a indagar mi espacio emocional en relación tanto conmigo mismo como con el sistema o los sistemas con los cuales interactúo. Al detectar una emoción observamos:

1.         En Impacto en mí mismo:

2.         El Impacto en mis relaciones

Cuando hablamos del Impacto en mí mismo nos preguntamos, por ejemplo: ¿Qué aspecto de mí mismo me permite ver esta emoción? ¿Eso que veo es coherente con mis valores? ¿Me sirve esta emoción  en mi vida? ¿La quiero? ¿Esto que estoy sintiendo me pertenece? ¿Es mía esta emoción?

Del mismo modo cuando hablamos del impacto de mi emoción en mis relaciones me cuestiono: ¿Qué consecuencias les trae a mis relaciones esta emoción que estoy sintiendo? ¿Qué emociones creen mis relaciones que me gobiernan a mí? ¿Cuáles creo yo que gobiernan en mis relaciones?

¿En qué se evidencia el impacto de una capacitación en Coaching e  Inteligencia Emocional?

Cuando una empresa se capacita en el área de Coaching e  Inteligencia Emocional los cambios que se producen en la misma son de fondo.

Lo que comienza a transformarse es el modo de ser de los individuos y, consecuentemente el modo de hacer. Las acciones devienen tras el proceso individual del autoconocimiento y el deseo profundo de ir hacia un lugar mejor.

Salir de la zona de confort e indagar en las insatisfacciones es el paso inicial para elevar el coeficiente emocional de las personas que integran una organización.

Algunos de los beneficios visibles de este cambio de paradigma son:

1.         La Flexibilidad ante el cambio: La actual sociedad nos exige en cierta manera ser más flexibles frente a los constantes cambios. Nuestros espacios laborales y los entornos sociales en los cuales interactuamos ya no se ajustan al paradigma racional o de control con el que muchas generaciones se sintieron cómodas. Hoy tanto las organizaciones como las familias (que también los son) requieren de personas flexibles, adaptables, capaces de aceptar otras interpretaciones.  La no flexibilidad conduce al enfrentamiento y consecuentemente a la insatisfacción.

2.         Conexión con  la Importancia de Vivir: Esto significa hallar el placer de hacer lo que hacemos. Es disfrutar de nuestras elecciones, Muchas veces nos sucede que hacemos demasiadas cosas- porque creemos que son importantes para nosotros- sin embargo,  no las disfrutamos (mientras estamos haciendo algo que nos gusta, nuestra mente está  pensando en lo que vendrá, con lo cual ni siquiera disfrutamos de esto que estamos  haciendo y nos gusta). Tomar conciencia de ello es parte de nuestra educación emocional. Es estar conectado con nosotros mismos en el momento presente – alineados con lo que en verdad nos importa.

3.         Sentido de Completud: Educar nuestra Inteligencia emocional nos posibilita hacer foco en lo que queremos y dejar de librar batallas interiores. Al elegir qué emociones queremos para nuestra vida, con quien queremos experimentarlas, logramos alejar aquellas que nos hacen daño y que impiden sentirnos completos. Encarnamos nuestra vida cotidiana conforme a los valores que elegimos.

4.         Relaciones más estables: Al conectarnos con nuestras emociones, así como vamos sintiéndonos más completos al elegirlas, también logramos que nuestras relaciones sean más claras y estables. Dejamos las medias tintas y las sombras. Apostamos a aquellas relaciones con las que podemos mostrarnos auténticos. No dejamos pasar aquellas cosas que en verdad nos importan y que hacen a la calidad de la relación.

5.          Satisfacción personal y logro de metas: Existe una estrecha relación entre las emociones, los pensamientos y las acciones. Por lo tanto, si tenemos claro qué queremos, nuestro pensamiento comienza a hacer foco   para alcanzarlo y consecuentemente las acciones  que emprenderemos estarán direccionadas hacia allí. Una mente educada emocionalmente sabe reconocer a qué la está predisponiendo cada emoción y por lo tanto puede intervenir sobre ella.

6.         Desarrollo de la Confianza: Quien se educa emocionalmente conoce sus fortalezas y debilidades; trabaja estas últimas y se apoya en las primeras. La inteligencia emocional  posibilita que las personas desarrollen la confianza en sí mismas, esto implica -entre otras cosas-  que puedan pedir ayuda si la necesitan, que sepan aceptar un feedback sin ponerse a la defensiva, que logren  reírse de sí mismos. En definitiva, que  construyan una identidad privada estable con la cual sepan quiénes son y qué quieren en sus vidas.

7.         Autocontrol: Si desarrollamos nuestra Inteligencia Emocional,  ya no nos controlan las emociones sino que somos nosotros quienes las lideramos.  Logramos  actuar con calma, serenidad, equilibrio (para los griegos esto era la sofrosyne) lo cual nos permite seguir siendo lideres de nosotros mismos – y de los otros también- ante las situaciones adversas.

8.         Empatía: Nuestro autoconocimiento emocional nos va dando pautas de observación en nuestro entorno relacional. Aprendemos a ver cuáles son las emociones que están impactando en el otro- y consecuentemente en nosotros, desarrollamos la habilidad de escuchar más allá de las palabras y de legitimar las diferencias. Cuanto más educamos nuestra mente emocional, más abiertos a las otras culturas y sociedades estamos.

El PODER DEL ENFOQUE

La calidad de nuestros pensamientos impacta poderosamente en nuestro espacio emocional; consecuentemente,  uno de los primeros pasos a dar en este proceso de aprendizaje tiene que ver con detectar en qué cosas estamos enfocándonos.

La raíz de lo que sentimos está en los pensamientos que tenemos y  en las interpretaciones que hacemos, es decir,  que nuestros pensamientos generan emociones y éstas nos predisponen a la acción.

Podemos preguntarnos por ejemplo:

•           ¿En qué me  estoy focalizando todo el tiempo?

•           ¿Cuál es la calidad de mis pensamientos?

•            ¿Qué emociones me generan?

•           ¿A qué me predisponen estas emociones?

Todos los pensamientos positivos provocan emociones y estados de ánimo  constructivos, en tanto que los pensamientos negativos, nos llevan a emociones y estados de ánimo destructivos. El punto es cuál es nuestra elección. Pensemos por ejemplo ¿Para qué seguir haciendo foco en el deseo de venganza que me provoca el resentimiento? ¿De qué nos sirve seguir culpándonos por lo que hicimos? ¿Qué nuevo puede traer a nuestra vida esto? ¿Lo quiero para mí o no? ¿Qué otras posibilidades habría en mi vida si dejara de pensar tanto en vengarme o en sentirme culpable por mi pasado?

Si le damos poder a lo que no hemos hecho, a lo que nos falta, a lo que los otros pueden estar pensando de nosotros, a lo que “debería ser”, a lo que no nos gusta, o no queremos hacer; si todo el día pensamos en eso, nos estamos perdiendo la oportunidad de enfocarnos en lo que nos potencia y acerca al sentido de completud que buscamos.

Por ello una de las habilidades del autodominio emocional es el poder del enfoque positivo: elegir aquellos pensamientos que nos lleven a conectarnos con lo mejor de nosotros mismos, con lo que hemos hecho, hemos ganado, con lo que hemos aprendido, con lo que queremos hacer y con quién queremos ser.

Este primer paso marcará, sin dudas,  una diferencia en nuestra vida.

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