“Morir por Amor”.

Violencia de Genero.

* Por Guido Arditi.
"La violencia de genero puede tener una única solución: Abandonar al violento".

“La violencia de genero puede tener una única solución: Abandonar al violento”.

Existe un tipo de violencia de género que tiene lugar cuando una mujer realiza un corrimiento del rol o lugar asignado que tiene asignado socialmente, culturalmente o “naturalmente”. Y se ejerce en pos de generar un disciplinamiento cuando la mujer avanza por territorios tradicionalmente masculinos o masculinizados.
Rita Segato es una antropóloga argentina que ha distinguido a lo largo de su obra los conceptos de “violencia instrumental” y “violencia expresiva”. Si bien estos son dos “tipos ideales” weberianos, que no se dan nunca en “estado puro” en la realidad, pues toda violencia tiene tanto una dimensión instrumental como una expresiva; ella sostiene que, en la violencia sexual, la función expresiva es predominante.
Para esta autora, constituye un error común el analizar los casos de violaciones en términos instrumentales, preguntándonos por su propósito o finalidad, por los fines prácticos que pretende alcanzar; sino que lo que habría que hacer es rastrear en esos crímenes su dimensión expresiva.
En estos crímenes el odio a la víctima no es un factor predominante, sino que, muy por el contrario, la víctima es despersonalizada, es decir que son crímenes que se dirigen a una categoría, y no a un sujeto específico, como suele suponerse. Lo que el perpetrador hace es poner en un lugar predominante la categoría a la cual pertenece su víctima por sobre sus rasgos individuales biográficos o de personalidad. Es decir que si bien estos crímenes los realiza una persona –o grupo de personas- sobre otro, se hace en pos de colectivos mayores – tiene una carga simbólica,
Aquí la finalidad entonces no es instrumental, sino que se trata de un acto ejemplificador, con un cariz punitivo, como un mecanismo de disciplinamiento con una función hasta “pedagógica”, en la que el agresor se piensa a sí mismo –aunque pueda resultar risible- como un moralizador, como un paladín de la moral social.
La dimensión expresiva dirigida hacia las mujeres tiene un doble cariz. En primer lugar, se busca censurarlas, disciplinarlas y reducirlas, a través de la violencia de quien, por medio de este acto, representa la función del soberano. Que, a su vez, concibe su accionar como portador de una ejemplaridad que se constituye inmediatamente en una amenaza paralizante, aterrorizante, dirigida a toda y cualquier intención de desobediencia respecto al rol asignado.
El carácter expresivo dirigido hacia los hombres también tiene una dimensión doble; por un lado, cuando la violación es realizada a una mujer, representa un castigo a los hombres por su “descuido” respecto de un sujeto y un cuerpo que supone deberían tutelar, proteger de la seña enemiga; y no hacerlo supone una de las peores formas de la derrota. Por el otro lado, cuando la propia víctima de la violación es un hombre, la intención es –al igual que con la mujer- su feminización, y representa un castigo por haberse corrido de su lugar asignado.
Nuestra apuesta entonces, como puede notarse, consiste en no pensar la violencia al modo como nos la presentan los medios, como dispersa, esporádica, realizada por alguien que se desvía de las normas sociales; sino, muy por el contrario, pensarla como engarzada de manera profunda con definiciones y coordenadas propias del espectro social.
Dicho todo esto entonces, nos queda por analizar cuáles serían los espacios típicamente masculinos o masculinizados a los que acceden las mujeres con cada vez mayor frecuencia, generando una ruptura con el imaginario social imperante; y estos son principalmente el ámbito del poder y del deseo.
Personalmente, considero que el aspecto menos interesante -y menos progresivo- al que a veces parecerían dedicarse los medios cuando intentan replicar algunos aspectos del feminismo, es pretender felicitar sin más a las mujeres que acceden a lugares de poder, anotando la cantidad de mujeres presidentes o CEOs  de grandes corporaciones; y a través de esto, celebrar el emprendedorismo individual, que vendría a garantizar, a través del ejercicio de su autonomía individual, a las mujeres los mismos bienes que a los hombres. Estos posicionamientos se sustentan en una suerte de filosofía meritocrática de corte neoliberal que elabora alrededor de esto una distorsionada narrativa del empoderamiento femenino.
Por el contrario, el feminismo no se trata meramente de equiparar o igualar, sino de poner en cuestión las bases. Creo que el aporte más interesante que el feminismo ha venido a traer a la arena política es el proponer otra manera de pensarla, a través de una transformación que sostiene como pilares el cuidado y la interdependencia; con el fomento de la democracia participativa y la solidaridad social.
Aún más, creo que, en un contexto de desigualdad y opresión estructurales, poco importa si quienes acceden a los escasos y restrictivos lugares de poder son mujeres; y que incluso el hecho de que lo sean no necesariamente implica que vayan a ejercerlo en favor de éstas. El ejemplo más claro es el de Mariana Rodríguez Varela -más conocida como “la loca del bebito”- quien fuera la cara visible del movimiento de los autodenominados “provida”, y que, pese a su condición de mujer, al haber ocupado un lugar de muchísima visibilidad, lo hizo en contra de los derechos de las mujeres.
El otro territorio típicamente masculino es el del deseo; tanto es así que nuestra cultura se estructura en una díada binaria deseante-deseado / poseedor- poseído; con los hombres constantemente en el lugar de poseedores de cosas (y mujeres), mientras las mujeres ocupan de manera constante el rol de posesiones. Tal es así, que en el que bien podría considerarse el libro fundador de nuestra cultura; la Biblia, los dos personajes femeninos principales -Eva y María- se encuentran profundamente atravesados por la cuestión del deseo:
La primera es la encarnación misma del deseo; fue quien deseó comer del árbol porque vio “que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”; tras esto D’os como consecuencia dijo (ATENCIÓN!) “tu deseo te llevará a tu marido, y él tendrá autoridad sobre ti”. Aquí vemos que ya en el libro que funda nuestra tradición intelectual, se encuentra presente la idea de que el deseo en la mujer es no solo desaconsejable, sino directamente peligroso y pernicioso, tanto para el hombre como para la mujer, y que su mera existencia justifica la autoridad masculina sobre la mujer.
La segunda es más bien todo lo contrario, es la mujer carente de deseo, la representación de la inocencia, la castidad, la “pureza”; un personaje que llegó para imponer una suerte de deber ser a todas las mujeres –incluso- hasta nuestros días.
Alguien podría contestarme que en nuestros días la religión ha perdido mucho terreno, que ya no tiene la ascendencia en nuestras vidas que se le conociera antaño; y que, por eso, al muchos no creer ya en el relato bíblico, estos personajes no tienen lugar en nuestra forma de pensar. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que, aunque se haya dejado de creer en el relato de forma literal, este tiene un peso tal en nuestra tradición cultural e intelectual, que aún sigue ejerciendo un poder inmenso en nuestra forma de pensar y estructurar el mundo. Tal es así que a los hombres de nuestra época que estén finalmente despertando del sueño dogmático, pero siguen pensando a las mujeres en términos de Eva y María, están condenados a no poder ser felices con ninguna de ellas.
* Guido Arditi. Filosofo.
   E-mail: ardotieluno@hotmail.com

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